«Lo sé maestro, pero no sé explicarlo»

Por Jesús González Francisco, maestro y escritor

Todo el mundo tiene la solución para casi cualquier asunto relativo a nuestra existencia. Acérquense a un bar (o a una iglesia, a urgencias, o a la carnicería de su barrio) y pregunten cómo acabar con el paro, cómo solucionar la pandemia de Covid-19, cómo se debe hacer una paella de verdad o quiénes forman parte de los Iluminati.

Si se trata de la juventud y sus cosas, alguno le dirá que dos hostias y listo; si se trata de arreglar las interminables listas de espera de la Seguridad Social, otro u otra le dirá que dos hostias y listo (dos hostias suele ser una solución muy española para cualquier asunto de interés) y si se trata de la Educación, en mayúsculas, a lo grande, pues casi seguro obtendrá usted sus dos hostias bien dadas a los maestros, a la administración o a quien sea que parezca mandar un poco. Y, oiga, aún no se ha probado, pero igual funciona, vaya usted a saber.

Algunos de ustedes ya saben -porque soy muy pesado- que soy maestro y escritor (cuando puedo), así que ando muy a menudo a la gresca con este apasionante mundo de la educación, tratando de aportar lo mejor de mis pocas luces y, sobre todo, tratando de no estropearla demasiado. Es normal que me lleve mis buenos ratos dándole vueltas a la cabeza sobre cómo conseguir que Fulanita mejore su nivel de lectura o que Menganito se acostumbre a revisar la mochila antes de irse a la cama. A veces, también me desvela saber que Zutanito lleva dos días sin traer el desayuno o que Zutanita parece cansada y triste. En estos días, mis desvelos se dirigen al universo de la Educación Permanente, pero las preguntas son las mismas: cómo ayudar a Fulanito a conciliar su horario laboral con la asistencia a clase, cómo ofrecer contenidos de la forma más eficaz posible a gente que no tiene tiempo apenas de atarse los cordones de los zapatos o cómo evitar que varios chicos y chicas de unos veinte años abandonen, y consigan sacarse, finalmente, la Secundaria. En esas andamos.

Pero hoy estaba pensando en contarles algo sobre lo que llevo reflexionando desde hace varios años. Surge de la siguiente manera: desde hace tiempo, una de las frases más repetidas, tanto en la educación obligatoria como en la de asistencia voluntaria es esta: “Si lo sé, maestro, de verdad, pero es que no sé cómo explicarlo”. Puede haber alguna ocasión en que se mienta, es decir, que el alumno no tenga ni idea y desee fingir un conocimiento que no puede elaborar convenientemente, pero, en general, suele ser verdad: se sabe, de alguna manera se sabe, aunque no se pueda articular verbalmente.

Uno explica, qué sé yo, el concepto de Gravedad y pregunta: ¿Os habéis enterado? Lo más probable es que la mayor parte del alumnado asienta con la cabeza, aunque no se haya enterado. Y mis sospechas, después de probar diferentes opciones, van encaminadas a que la mayoría de la gente lo que no entiende son las palabras, no el concepto. Me explico: si yo le digo a Fulanito que la Gravedad es un fenómeno natural que blablablá, Fulanito habrá desconectado seguramente cuando haya oído la expresión “fenómeno natural”, sobre todo si es incapaz de acomodarlo entre sus estructuras lingüísticas habituales. Da igual la simplicidad del concepto, son las palabras utilizadas las que arruinan el sentido de la transferencia de conocimiento. Este es un acontecimiento importantísimo y que se repite muy a menudo, tanto en jóvenes como en adultos. Y es quizás más evidente en la redacción de respuestas en un examen o en algún tipo de prueba escrita. La mayoría del alumnado siempre utilizará alguna versión personalizada del “sé lo que es, pero no sé cómo escribirlo”.

Esta circunstancia mejora levemente cuando se le ofrece a la gente herramientas básicas para componer un texto educativo, como contar con varias “entradillas” tipo, manejar algunos conectores o simplificar la estructura de las oraciones. No obstante, cuando de verdad mejora la situación es cuando se lee. Cuando un niño o un adulto separado desde hace años del sistema educativo comienza a leer de forma habitual, se produce una especie de milagro, si me permiten la hipérbole: expande su vocabulario, comienza a descubrir la elasticidad de la lengua, disfruta con sus matices y, especialmente, empieza a disfrutar de una mayor comprensión de la complejidad del mundo. Esto no es filosofía barata, se lo aseguro: es tan verdad como que ni usted ni yo estaremos en este mundo dentro de cien años. Luego habrá más o menos dificultad para comprender un concepto abstracto como la empatía o tan poco abstracto como una regla de tres, pero el mecanismo de transmisión será muchísimo más estable, es decir, la posibilidad de comprensión del mensaje aumentará significativamente. 

Entonces, ¿leyendo se acaban todos los problemas?, me podría preguntar (con razón) usted. Evidentemente no, por supuesto. Los problemas de cualquier tipo suelen ocurrir por varios factores y, asimismo, su solución depende también de múltiples elementos. Lo que sí les aseguro es que un mayor nivel de capacidad lectora está íntimamente relacionado con una mejora de la comprensión de conceptos. Ojo, no digo mejora de resultados académicos, que sería material para otra canción, sino mejora de las herramientas de comprensión de conceptos.

Cada vez veo a más estudiantes satisfechos con preguntas que incluyan rellenar huecos o unir con flechas, sufriendo, sin embargo, cuando deben componer un texto de tres renglones explicando el ciclo del agua o describiendo las características más importantes del Paleolítico. De modo que resulta normal (que no adecuado) seleccionar preguntas del primer tipo. De ese modo, siempre podremos asegurarnos unos mayores porcentajes de alumnos que superen las pruebas que les pongamos. Aprender no habrán aprendido gran cosa pero, aprobar, aprueban.

Me temo que se trata de uno de estos problemas insolubles del que seguiremos hablando dentro de cincuenta años. La deriva actual se aleja de la lectura a toda vela y se encamina hacia un océano misterioso, un Mare Tenebrosum donde a la educación pueden ocurrirle dos cosas: o se descubre un nuevo continente lleno de riquezas o se extravía para siempre en las inmensidades azules del fin del mundo. Como siempre, de nosotros depende.

Yo, por si acaso, voy a leer un rato.

 

 

Pabilo Editorial
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