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Sobre el profesorado para el colectivo con altas capacidades

Por Diego Rodríguez Toribio, tesorero de la Fundación Avanza

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Diego Rodríguez Toribio.

Cuando los padres se enfrentan a la noticia de que su hijo es superdotado suele suceder que una especie de escalofrío les recorre el cuerpo, como suele ocurrirle a cualquier persona que se enfrenta a algo desconocido.

Lo primero que debieran entender esos padres es que el colectivo con altas capacidades intelectuales no está formado por un conjunto uniforme de individuos que cumplen con una serie de características comunes para todos. De hecho, dependiendo de la Comunidad Autónoma en la que se hallen, se encontrarán con que las Altas Capacidades Intelectuales existen o no para la Administración, o que la definición de superdotado es diferente. Esto nos dice mucho de la situación de desamparo en la que en muchos casos se encuentran las familias, ahondada cuando a veces reciben un informe psicopedagógico que puede parecer realizado en base a un cierto “corta-pega”, cuando debiera ser individualizado.

Algo a evitar es buscar en internet un listado de características para tratar de aplicarlas al hijo. Es un error hacer esto porque en muchos casos no sabemos en qué se traducen en la realidad lo relatado en estas listas. También aclarar que este conjunto de características no se cumplen al completo nunca. No juguemos a ser psicólogos porque esto es algo más serio que rellenar un test en una página web. Llegados a este punto, voy a lanzar tres reflexiones que creo que todos debiéramos hacernos alguna vez y que puede encaminar a algunos padres y madres en el camino correcto a la hora de abordar la educación de sus hijos con altas capacidades intelectuales, aunque creo que, sin duda, les servirá a todos.

No hay nada más injusto que tratar igual lo que no lo es. Si partimos de la base de que cualquier persona es diferente, actúa diferente, aprende diferente, tendremos claro que la forma de aprendizaje no puede ser la misma para todos. Por lo tanto, si existen personas con ritmos más elevados de aprendizaje, parece entendible que es totalmente injusto para ellos tratar de hacer que sigan un ritmo mucho más lento, simplemente porque el profesorado no disponga de medios o formación para lograrlo. Parece lógico exigir que se disponga de un sistema con la suficiente flexibilidad en la atención de cada niño o niña.

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La atención educativa no puede depender de tener suerte por el profesor que le corresponda a tu hijo. El buen profesorado es aquel que atiende a cada niño o niña como merece, según sus capacidades y atendiendo a sus ritmos. Para aquellos que piensen que no tienen problema porque a sus hijos o hijas los atiende uno de estos profesionales descritos, debieran entender que la cuestión es si esto siempre va a ser así. La reflexión debiera llevarnos a si estamos dispuestos a aceptar la suerte o debiéramos exigir cambios para que la suerte deje de ser un componente dentro de la atención educativa de un niño.

La educación debiera ser personalizada. Educar no es sinónimo de escolarizar. Educar es atender las necesidades de aprendizaje de cada individuo, lo cual tiene mucho que ver con el desarrollo integral de cada persona, así como dotarlo de herramientas que le faciliten la vida, entre las que se encuentran la adquisición de conocimientos y el desarrollo de la creatividad (en el caso de una parte del colectivo con altas capacidades suele necesitar más atención la segunda).

Si tenemos en cuenta lo que hemos comentado hasta ahora, se evidencia que la educación tiene que ver con la atención de cada individuo, o sea con la personalización de la educación, que no es sinónimo de individualización. Pero ¿es esta la tendencia? Lamentablemente no. La personalización es la gran solución que espera el colectivo con altas capacidades intelectuales, y eso nunca llega; más bien lo que reciben son frenos a sus capacidades, algo que tiene sus consecuencias y que las familias debieran tratar de solucionar como conjunto.

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