Profesionalizar la infancia

Por Sergio Amador Pérez, formador en Didascalia Educational Group

Una niña sobre una montaña de libros / Pixabay.
Profesionalizar la infancia 1
Sergio Amador Pérez

Leo frases o reflexiones de autoayuda de esas que luego inundan los estados de Whatsapp, en las que dice que si tu hijo es bueno en dibujo, pero con malas notas en matemáticas le apuntes en clases de dibujo, que desarrolles su talento. Sí oiga, perfecto, pero no nos volvamos locos. No todos los niños tienen que ser Ara Malikian, Messi o Kandinski.

A veces nos olvidamos de lo más importante: son niños, y como niños además de enseñarles matemáticas, lengua, valores, educación, debemos enseñarles a ser eso, niños. Leo noticias donde padres agreden a árbitros en partidos infantiles o a padres de otro equipo y me sumerjo en el mundo del deporte infantil, donde se fomenta una competitividad que quizá ni exista en los vestuarios del Real Madrid. Niños con 6 años que visitan al fisioterapeuta para que se recuperen de un partido (yo a mis 40 años sólo fui una vez al fisio y porque tuve un accidente de tráfico), convocatorias que son cribas más grande que la selectividad. Que sí, que el deporte es sacrificio, superación, tesón… pero explícale tú a un niño que se queda sin jugar el viernes, mientras el resto de sus compañeros lo hacen; no es baladí y puede llegar a rozar la crueldad en unas edades tremendamente sensibles.

Visitando partidos infantiles, he sentido a veces miedo y tristeza a partes iguales; niños jugando mientras los padres les increpaban para que prestaran más atención o les arengaban a defender o atacar. Padres que estaban más nerviosos que sus hijos, y que se tomaban mucho más en serio las decisiones arbitrales o del entrenador. Entrenadores con ansias de triunfos y éxitos (yo por suerte en mi ámbito personal me he topado con educadores más que entrenadores) que se olvidan de la edad de sus jugadores, y a la misma vez en la banda los suplentes que juegan a saltar de un banco o correr al tú la llevas, porque en definitiva son niños…

Con esta reflexión no soy quién para decir cómo se debe educar a un niño, de hecho es una tarea mucho más complicada de lo que parece, y no quiero tampoco que se interprete este discurso a favor de la sobreprotección de los niños. Al contrario, pienso que los niños deben elegir, equivocarse, caerse, abrirse alguna que otra brecha, ya que todo eso forma parte de su educación y aprendizaje. Pero he ahí donde quiero llegar. Apuntamos a los niños a violín, inglés, fútbol, bádminton, chino…y les exigimos ser los mejores o le empujamos a que destaquen en algo.

A veces pienso que los padres, profesores, monitores y demás les proyectamos nuestros deseos o nuestros anhelos. No sé si escribir esta frase, pero a veces pienso que queremos que sean aquello que no fuimos o que tengan el éxito que no tuvimos. Y cuidado, todo esto lo hacemos porque se les quiere y por su bien, pero a veces nos olvidamos de si eso es lo que ellos realmente quieren o que sean sometidos a una presión y tensión innecesarias que les aparte de la felicidad. Todos decimos que le he apuntado a “eso” porque le gusta, porque le divierte, pero luego olvidamos porque realmente se apunta a “eso” y acabamos convirtiéndolos en pequeños soldados. Que entrenen en casa, más horas de prácticas con el violín, no ir al cumple de su mejor amigo por entrenar… No creo realmente que haya necesidad de convertir una afición en un motivo de frustración.

Yo tuve la suerte o la desgracia, como quieran verlo, de tener unos padres que jamás me obligaron a nada, jamás. Si mis amigos se apuntaban a informática y a mí me gustaba, se lo decía y ellos me apuntaban; lo mismo con el inglés o con cualquier otra actividad. Siempre respetaron mis elecciones y nunca me hicieron rendir cuentas ni me propusieron metas; siempre me dieron alas para que fuera yo mismo quien me forjara mi futuro y mis aficiones, y la figura de ellos estaba ahí para darme su consejo y su apoyo, pero sin decidir por mí. Y pienso que debe ser así, siempre y cuando la otra parte sea responsable y aproveche las oportunidades ofrecidas.

Por ello, con estas líneas sólo quiero recordar que la infancia es la que forjará a los adultos del futuro, que los niños son solo niños y en esa edad su única obligación es ser felices. Siempre decimos que los niños son esponjas, pues por eso mismo, elijamos muy bien aquello que queremos que retengan. Hoy es más difícil ser niño, los adultos lo hemos convertido en un trabajo. Hemos profesionalizado la infancia…

Pabilo Editorial