Strange days

Por Jesús González Francisco, maestro de Educación Primaria y escritor

Son tiempos extraños estos que vivimos. La crisis sanitaria provocada por la irrupción de la COVID-19 atenaza nuestras vidas, colocando un peso oscuro y denso sobre los hombros, acrecentado estos días por la escalada de positivos en toda Europa y el toque de queda impuesto para tratar de frenar el avance del virus. Algunos ámbitos del entramado económico y social han seguido funcionando dentro de unos límites más o menos razonables (el turismo, el comercio, los transportes, etc.), mientras que otros (centros de salud, oficinas de administraciones, ayuntamientos, etc.), se han congelado y parapetado tras unas oficinas inexpugnables, con listas de esperas descorazonadoras, si es que se tiene la suerte de disponer siquiera de cita previa. Como agravante, el trabajo telemático ha venido a ocupar de golpe un espacio que ya debería llevar tiempo ocupando, emborronando aún más un tejido social como el español, poco propenso al cambio. En definitiva, la vida viene a recordarnos que el mundo es ese lugar frágil y a la vez hostil, donde nunca puede darse nada por sentado y en el que los mecanismos habituales ya no son seguros ni eternos.

solo conseguiremos tener éxito en este viaje si confiamos en el propio sistema educativo y en las personas que lo conforman

Pero hay una esfera social que sufre de manera notable los acontecimientos actuales: la Educación, o más concretamente, la Escuela, como lugar donde se reúne el sector más vulnerable de la comunidad educativa: los niños y niñas y los docentes que trabajan junto a ellos. Pese a los peligros (reales, tangibles, no lo olvidemos) a los cuales nos enfrentamos a diario, pese a la carga psicológica y anímica tan estresante que conlleva el control de los protocolos de seguridad a cada momento y a pesar de que los niños y niñas tienen en su naturaleza el buscarse para estar lo más juntos posible, ajenos a los mecanismos de transmisión de los virus, resulta refrescante y esperanzador la actitud y la entereza con la que los docentes y, especialmente, el alumnado, afrontan el que será, casi sin duda, el curso más extraño de sus vidas.

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Jesús González Francisco.

la vida viene a recordarnos que el mundo es ese lugar frágil y a la vez hostil, donde nunca puede darse nada por sentado

Por eso, como ciudadano, como compañero maestro y padre de un niño de 5 años, quiero lanzar este alegato en favor de los equipos directivos y los claustros de todos los colegios de España y solicitar a la ciudadanía, a las madres y padres y a la sociedad en general un voto de confianza y esperanza. No solo tratamos de asegurar un espacio lo más libre posible de amenazas externas, sino que nos esforzamos cada día por recordarnos y recordarle al alumnado que el colegio debe ser un lugar donde se vaya a ser feliz, entre iguales, aprendiendo a ser ciudadanos y ciudadanas críticos, honestos, solidarios y activos. Es posible que los confinamientos temporales y ocasionales continúen sucediéndose a lo largo del curso; es posible que algunos colegios deban cerrar líneas enteras e incluso clausurar sus puertas por completo de forma eventual; es posible que algunos maestros y maestras sufran el ataque de la COVID-19 con especial virulencia.

resulta refrescante y esperanzador la actitud y la entereza de los docentes y, especialmente, del alumnado

El escenario es imposible de definir o asegurar. Se trata de un teatro basado en el desconcierto y la estupefacción continua. Pero solo conseguiremos tener éxito en este viaje si confiamos en el propio sistema educativo y en las personas que lo conforman como el engranaje imprescindible para articular los recursos disponibles y alcanzar soluciones efectivas. Es tiempo de que las administraciones demuestren su compromiso y se involucren en lo verdaderamente necesario: proveer recursos materiales y humanos allí donde hagan falta y sin escatimar; los profesionales continuaremos luchando por convertir las aulas en espacios de conocimiento y civismo, sea cual sea la situación con la que nos encontremos. Y las familias deben continuar confiando en los equipos directivos, los claustros y el personal de servicio de los centros, apoyando sus decisiones y acompañando los procesos. Solo así lograremos mitigar los efectos de este virus pernicioso que nos recuerda que el ser humano solo tiene éxito cuando se enfrenta a las acontecimientos de forma colectiva y solidaria.

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